Hace algunos días participé en la hackathon de Huawei. Fue una de esas instancias donde se siente que algo está pasando: gente creando, conversando, compartiendo ideas, buscando soluciones y trabajando con una energía que cuesta encontrar en el día a día.

Los ánimos estaban por las nubes.

Y eso tiene muchísimo valor.

Los eventos, hackathons, meetups y encuentros tecnológicos cumplen una función que no deberíamos minimizar. Nos sacan de la rutina, nos conectan con personas que están construyendo cosas distintas, nos muestran tecnologías nuevas y, muchas veces, nos devuelven las ganas de crear.

Pero han pasado algunos días desde esa hackathon y me quedó dando vueltas una pregunta:

¿Qué pasó con toda esa energía?

¿Esa inyección de entusiasmo gatilló nuevos proyectos?

¿Dos personas que se conocieron ahí decidieron construir algo juntas?

¿Alguien retomó una idea que tenía abandonada?

¿Se generó alguna colaboración, una comunidad nueva, una alianza o simplemente una conversación que siguió después del evento?

Porque ahí, creo, está uno de los grandes desafíos de nuestras comunidades tecnológicas.

Somos bastante buenos organizando eventos.

Quizás todavía tenemos mucho espacio para mejorar en lo que ocurre después.

Un evento puede reunir a cien personas durante una tarde. Puede tener excelentes speakers, buenos premios, comida, networking y muchas fotos para LinkedIn.

Pero una comunidad no se construye solamente durante esas cuatro o seis horas.

Se construye el lunes siguiente.

Cuando alguien vuelve a escribirle a la persona que conoció.

Cuando un desarrollador comparte el repositorio en el que está trabajando.

Cuando alguien pregunta quién quiere sumarse a una idea.

Cuando una organización abre un espacio para que esos proyectos sigan creciendo.

Cuando una conversación que comenzó tomando café termina convirtiéndose, semanas después, en algo concreto.

He tenido la oportunidad de participar durante este último tiempo en distintas actividades vinculadas a tecnología, inteligencia artificial y blockchain, y cada vez estoy más convencido de que uno de los recursos más valiosos que generan estos encuentros no son solamente los conocimientos.

Es la energía.

Durante unas horas todos sentimos que podemos construir algo.

El problema es que la energía también se pierde rápido.

Volvemos al trabajo, aparecen las reuniones, los clientes, los pendientes y las responsabilidades del día a día. Esa idea que parecía tan buena el sábado comienza a quedar debajo de otras veinte cosas.

Por eso creo que las comunidades deberían empezar a preocuparse tanto del después del evento como del evento mismo.

¿Qué pasaría si después de una hackathon existiera una instancia simple para volver a encontrarse dos semanas después?

No necesariamente otra gran actividad.

Quizás solo una reunión abierta donde cada equipo pueda contar qué siguió construyendo.

O un canal donde los participantes publiquen avances.

O pequeñas sesiones de mentoría.

O espacios donde quienes tienen una idea puedan encontrar desarrolladores, diseñadores o personas de negocio que quieran sumarse.

No todo proyecto va a continuar.

Y está bien.

Las hackathons también sirven para experimentar, equivocarse, aprender algo nuevo y conocer gente.

Pero si de veinte ideas una sigue creciendo, si de cincuenta participantes dos terminan trabajando juntos o si alguien descubre ahí el proyecto que quiere desarrollar durante los próximos meses, entonces ocurrió algo mucho más importante que un buen evento.

Se comenzó a construir comunidad.

Hace algunos días salí de la hackathon de Huawei con esa sensación que probablemente muchos conocemos: cansado, pero lleno de ideas.

Hoy, con un poco más de distancia, la pregunta que me interesa no es solamente si fue una buena hackathon.

Creo que lo fue.

La pregunta es otra:

¿Qué vamos a hacer ahora con toda esa energía?

Porque un evento puede encender la chispa.

Pero la comunidad es la que tiene que mantenerla viva.

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